
«Esta la historia de cómo a mi ciudad, Salem, se le fue la puta olla». Desde su primer minuto, «Nación Salvaje» deja claro que no nos encontramos ante una cinta tradicional. Tras ello, vemos en pantalla distintas palabras -con los colores de la bandera estadounidense- tales que bullying, abusos sexuales, sexismo, homofobia, transfobia, clasismo, asesinatos, consumo de drogas, armas, racismo, nacionalismo, violaciones (e intentos de esta), tortura, violencia o egos masculinos frágiles. Sam Levinson (director de «Another Happy Day») no pierde ni un solo segundo en adentrarse de lleno en la experiencia que supone «Nación Salvaje». Narrada bajo la mirada millennial de la joven Lily, estamos ante una de las críticas sociales más explícitas y entretenidas que hemos podido ver en años.
Fácilmente descriptible como una mezcla ente «Spring Breakers» y «La Purga», «Nación Salvaje» narra la historia de cómo la ciudad de Salem (que debe su fama a los juicios de brujería a finales del siglo XVII) intenta llevar a cabo el asesinato de cuatro jóvenes tras el hackeo de la mitad de la población. Y es que, con la premisa de crear esta actualización millennial de una caza de brujas, la cinta va un paso más allá sacando a relucir todos los problemas que caracterizan a la sociedad estadounidense en tiempos actuales, merodeando entre géneros como la comedia e incluso el subgénero slasher.
Todo en «Nación Salvaje» ocurre con una energía envidiable, manteniendo la atención del espectador durante sus casi dos horas de metraje y convirtiendo la experiencia en toda una montaña rusa de emociones. Desde el thriller más excitante hasta la angustia de un home invasion, pasando por escenas que podrían haber sido extraídas directamente de «Chicas Malas». Si bien es cierto que en su escenas más dramáticas pierde algo de credibilidad -la película no necesita pararse en tramas que finalmente no trascienden-, su apartado más técnico es capaz de levantar de inmediato cada traspiés que pueda cometer su guion. Los colores azul, rojo y blanco predominan en casi todo el metraje, habiendo un hábil juego con los planos verticales (Snapchat, Instagram… ¿puede haber algo más millennial?) e incluso rotaciones de cámara de 180º en su eje vertical -especial atención a la escena en la que Bella Thorne baila con el resto de animadoras con una bandera tamaño XXL tras sus espaldas-.
Su reparto formado por Odessa Young, Hari Nef, Suki Waterhouse y Abra cumple con lo que solicita la cinta, siendo la primera capaz de llevar todo el peso de la trama sin dificultad alguna. Todas ellas, cómo no, caracterizadas a medio camino entre Regina George y Vanessa Hudgens en «Spring Breakers» -indudablemente, la cinta de culto adolescente del siglo XXI-, pudiendo encontrar entre estas chicas una complicidad adolescente esencial para el nacimiento del movimiento feminista que protagoniza «Nación Salvaje».
La cinta plasma bajo una visión explícita y utópica a una generación que caracterizará en cine en la próxima década, donde la privacidad es algo inexistente -aunque aún no nos atrevamos a reconocerlo- y donde se debaten temas tan actuales como identidad sexual -una de las actrices principales es una chica trans a la que debemos seguir muy de cerca-, los abusos sexuales e incluso la pederastia, teniendo este último gran peso dentro de la trama. Todo este desemboca en una rebelión millennial en la que suena desde Charli XCX hasta Miley Cyrus, al igual que la cinta de Harmony Korine hacía uso de «Everytime» de Britney para demostrar que los nacidos en los 90s están ya en una etapa de madurez avanzada y que la inocencia pertenece a una época pasada.
«Nación Salvaje» es un alegato feminista. Un cántico a una nueva generación que viene dispuesta a pelear por aquello que considera justo. Y no, no se trata de ofenderse, sino de ser capaces de abolir ideas arraigadas en la sociedad que no han sido discutidas durante décadas. Una película que no duda en criticar a un país que tiene a Donald Trump como presidente, que peca de hipócrita y donde predomina una masculinidad tóxica. Aún así, no deja de ser algo utópico: la voz en off de Lily comenta en los primeros minutos de la cinta que todo lo que ocurre es cierto mientras que, cuando las acciones bélicas lideradas por las cuatro protagonistas comienzan, se ironiza con que «esto no es una película». Un modo bastante eficaz de notificar lo que ocurre en el día a día y lo que no.
Pocas pegas podemos poner a «Nación Salvaje». Funciona como entretenimiento, es tan provocativa como propone y cumple todos los requisitos para convertirse oficialmente en una película de culto -hasta su crítica se encuentra polarizada-. Si bien es cierto que la dramatización de algunas de sus escenas está completamente fuera de lugar, los múltiples aciertos que contiene su guion son capaces de evitar que los errores acaben pasando factura. Una pena que haya llegado a tan pocas salas de cine en España.
Que el cine adolescente siga así, pues no puede ir por mejor camino.
Nota: 8 / 10

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