La delgada línea entre el artista y la persona

Para algunos las noticias son volátiles. A otros les arruina una carrera. ¿Por qué?

El pasado mes de febrero escribí mi reseña de “Leaving Neverland”, un documental que mostraba los testimonios de dos chicos de los que Michael Jackson presuntamente abusó sexualmente cuando tan solo contaban con 10 años de edad. Esto provocó un movimiento por parte de servicios streaming, radios y redes sociales, vetando la reproducción y promoción de temas del cantante y dividiendo a la sociedad a favor o en contra del que fuera rey del pop. Desde ese momento, una pregunta merodea constantemente por mi cabeza: ¿dónde dibujamos la delgada línea entre el artista y la persona? 

Kanye West, Azealia Banks, Natalia Kills, Halsey, Lady Gaga, Justin Bieber o Donald Trump. Todos ellos tienen algo en común: no tienen miedo a mostrar las opiniones tan vehementes que caracterizan a su persona. Todos hemos visto a Kanye West odiar a Donald Trump, adorarlo, querer presentarse a las elecciones para la presidencia de Estados Unidos en 2020, volver a odiar a Trump, hacer comentarios homófobos, pecar de egocéntrico… Sin embargo, su popularidad sigue intacta. Siempre bajo la excusa “ya sabes cómo son los genios”, se puede incluso afirmar que la popularidad de West mejora por momentos, habiendo conseguido el pasado año su primer top 10 desde la publicación de “My Beautiful Dark Fantasy”. Con West las noticias dejan de ser noticia de manera casi inmediata. Todo es efímero para él y casi no deja rastro en su carrera.

Caso contrario para Azealia Banks, toda una maestra en la fusión del hip hop y la música house propia de los 90s, capaz de encadenar una dosis increíble de grandes temas respaldados por la crítica y conseguir estéticas maravillosas en videoclips a pesar de contar con bajos presupuestos en estos. Al igual que el integrante del clan Kardashian, cuenta con una lengua viperina y opiniones extremadamente polarizadas. Banks no duda en manifestarse como una mujer negra bisexual a la vez que viste de homofobia y racismo sus publicaciones en las redes sociales a las que a día de hoy aún tiene acceso. Ocurre lo mismo con West, aunque en menor escala. Donde sí destaca Banks es en sus peleas con niñas adolescentes como Skai Jackson, ganando esta última la batalla por goleada. Como consecuencia, Twitter ya ha eliminado la cuenta de la rapera en más de una ocasión.

¿Alguien más supo de Natalia Kills tras su altercado en The X Factor? La cantante quedó totalmente vetada tras su participación como jurado en el talent show y expresar su opinión hacia uno de los concursantes de manera un tanto brusca junto con su pareja. Sin embargo, ¿qué ocurrió con Halsey cuando criticó sin piedad a Iggy Azalea en una entrevista a pesar de que la pregunta no estuviese siquiera relacionada con la rapera australiana? Pues tras un par de días de #HalseyIsOverParty, la cantante lograba un año más tarde su primer #1 estadounidense como solista gracias a “Without Me” y todos los singles lanzados hasta la fecha han sido pinchados de manera masiva en radios estadounidenses. Hay algo raro en el asunto, ¿no?

La última polémica está protagonizada por Justin Bieber, muy asiduo en las lista de famosos más odiados por la población. Hace una semana publicaba en su cuenta de Instagram un diagrama en el que comparaba a Chris Brown, quien maltrató a Rihanna hace una década, con Michael Jackson, acusado por haber abusado sexualmente de una gran cantidad de niños menores de edad, y Tupac, condenado por agresión sexual. Si la ecuación que mostraba Bieber en su perfil se correspondía con el número de denuncias, no tenemos duda alguna con respecto a la veracidad de la imagen. Sin embargo, el canadiense comparaba el talento de ellos, llamaba genio a los tres cantantes y comentaba que los abusos cometidos por Brown se trataban de “un error”. Una agresión para Justin es un simple error. Una semana más tarde, aún con la polémica bastante viva en redes sociales tras los comentarios de apoyo de J Balvin, el canadiense publicaba “I Don’t Care” con Ed Sheeran y sus ventas son desorbitadas. ¿Tan rápido olvida la población? 

La lista podría ser larguísima, por lo que acabamos con un último ejemplo cinematográfico. Hablemos de Harvey Weinstein y dos de sus grandes pilares en Hollywood: Meryl Streep y Quentin Tarantino. El director, acusado de intento de asesinato por parte de la actriz Uma Thurman, afirmó conocer las prácticas que Weinstein llevaba realizando durante años mientras que Streep dijo no saber absolutamente nada. Estas dos posturas llevan a perdonar por completo a Tarantino (su cinta “Érase una vez en Hollywood” es de las más esperadas del año) mientras que cientos de posters de Meryl Streep junto con Harvey Weinstein empapelaban la ciudad de Los Ángeles -ella aparecía con una franja roja cubriéndole los ojos en la que se lee “she knew”-. En la otra cara de la moneda encontramos a Woody Allen, cuya última película no será distribuida en Estados Unidos tras las denuncias de abuso sexual. En el mundo del cine, al igual que en la música o la televisión, estas noticias son volátiles para unos y no para otros.

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Como se tiende a decir, cada maricón es un mundo, y es bastante difícil poder diferenciar la persona del artista. ¿Se puede establecer una línea entre la obra y el artista? Esta es una decisión tan sumamente personal como el efecto que ha podido tener en nosotros los actos o declaraciones realizados por estas celebrities. A nivel global, influyen muchísimos factores: desde la consolidación del artista hasta el machismo existente en la sociedad. La diferencia entre Quentin y Meryl es una prueba de ello, aunque ninguno ha salido perjudicado por ninguno de estos eventos.

Ariana Grande por chupar donuts en una pastelería y decir “I hate americans” -haciendo referencia a la cantidad de comida basura que se consume en su país-, fue altamente vetada en Estados Unidos (según los rumores, por la Casa Blanca). Mientras Grande pide disculpas por sus palabras -robadas de una cámara de seguridad-, el cantante de «Baby» se exculpa borrando la palabra “error” de su publicación -el post sigue en su cuenta con más de dos millones de likes-. En Estados Unidos, al parecer, se penaliza más la falta de patriotismo que los abusos sexuales. España no se queda atrás, y si no que le pregunten a la protagonista de «El Guardián Invisible».

¿Cómo puede un país anteponer un sentimiento de patriotismo por encima de denuncias de abusos sexuales?

Separar al artista de la persona es parecido a establecer límites en el humor: una decisión que debemos tomar personalmente. El problema es cuando se nos priva de ello. Para aclarar esta afirmación me remonto a ciertos eventos ocurridos recientemente en la televisión española. “La Resistencia”, uno de los late night de mayor relevancia, provocó polémica en el colectivo LGBTI+ debido a una sección en la que creaban a Lorca un perfil de Grindr (aplicación gay para encontrar pareja). Personalmente, no creo que el chiste fuese ofensivo sino que el entorno en el que se realizó no era el idóneo. Aún así, el vídeo está disponible en todas las plataformas. En el mismo programa, Iggy Rubín realizó un monólogo en el que hacía humor negro con respecto a las víctimas de ETA. El vídeo fue borrado tanto de Movistar+ como de YouTube. De manera poco ortodoxa podríamos comparar las víctimas totales de ETA (829 personas) con el número de homicidios entre 2008 y 2016 de personas trans a nivel global (2.343), pero no. El número no es relevante a la hora de trazar la línea. Entonces, ¿dónde trazas la línea? Honestamente, creo no se puede y no se debe. Cada persona debe trazar la suya propia y, teniendo en cuenta la enorme cantidad de oferta de contenido que tenemos a día de hoy, no se debería hacer recortes en ningún tipo de humor. Sin embargo, aquí el país dictó sentencia. 

Volviendo a la separación entre el artista y su obra, podría sacar como conclusión que todo está provocado por la empatía que nos produzca la persona. El vínculo que se siente hacia el cantante, director, intérprete o cómico. Cada uno debe crear su propia opinión al respecto, estableciendo ese límite donde la ética esté por encima de la obra del artista. También debemos ser consecuente con nuestros actos y entender que estas figuras públicas tienen un peso importante en cuanto a influencia generacional. Como si de unas elecciones se tratase, debemos elegir de manera congruente a quién queremos dar voz pues, quizás, hay gente que no deba tenerla.

Carta a aquellos que quieren eliminar el doblaje en castellano

«Huelga por parte de los actores de doblaje en España» ha sido uno de los grandes titulares de esta semana. Cientos de medios especializados en cine y televisión se han hecho eco de la noticia, provocando un sinfín de comentarios por parte de los internautas a través de redes sociales. Los actores de doblaje, que luchan por la justicia salarial inexistente en su campo, han aprovechado el tirón mediático explicando detalladamente la situación laboral en la que se encuentran, levantando aún más polvo. ¿Dónde está el problema?

A raiz de la situación, se ha establecido un dilema con respecto a la versión original de una película o la versión doblada, habiendo uno leído disparates relativos al tema en cuestión. Dado que mediante este tipo de redes la gente escribe en caliente, sin parar a reflexionar más allá de su opinión, uno decide hacer oídos sordos, más aún cuando el usuario posiblemente no rebose la mayoría de edad. El problema llega cuando uno lee barbaridades en una web dedicada íntegramente al ámbito cinematográfico, tal y como podíamos hacer en este artículo de blogdecine.com. Juan Luis Caviaro, editor y coordinador de la web en cuestión, explica con pelos y señales por qué están luchando los trabajadores del sector de doblaje de la Comunidad de Madrid. Sin embargo, en el momento de dar su opinión personal, el redactor patina de manera excesiva:

«Enseguida surge en Internet la alternativa de eliminar el doblaje en España, de una vez por todas, y sinceramente, es algo que llevo deseando durante años así que lo aplaudiría. Por supuesto, una vez que se solucione justamente la situación con los trabajadores de doblaje, que denuncian unas condiciones salariales lamentables. Y si se mantiene esta industria, que supongo que no va a morir este mes, sus reivindicaciones deberían ser atendidas. ¿Pero qué piden exactamente?»

El redactor aplaude la idea de eliminar el doblaje en España. Tratándose de un medio especializado y de una persona que escribe unas tres entradas diarias en la web, me parece completamente absurdo que alguien supuestamente tan cualificado pueda tener esta mentalidad. Juan Luis, que probablemente lleve gafas de pasta y se declare fan incondicional del cine iraní más alternativo, apoya la versión original subtitulada que, lamento decirte, no es versión original. En el momento en el que se añade una línea de subtítulos que el propio director no ha consentido, la palabra «original» podría ser eliminada por completo.

A menos que uno sea capaz de dominar decenas de idiomas a la perfección, si se desea ver una película con el audio original, los subtítulos tendrán que ir de la mano, independientemente de su lengua. En el momento que se añaden subtítulos a la cinta, nuestra mirada se desvía hacia la parte inferior de la pantalla, rompiendo totalitariamente la experiencia cinematográfica (a no ser que seas Leticia Sabater). Cuando uno no puede centrar toda su atención en los detalles de una película, pasas de «ver una cinta» a simplemente «mirarla». Personalmente, como amante de la cinematografía, no creo que sea el modo más idóneo de efectuar esta acción. «Mirar una película» es el equivalente a «tocar un cuadro» si nos adentramos en la pintura: una falta de respeto.

Obviamente, no todos somos santos. Todos hemos cometido este error más de una vez, ya sea con el fin de mejorar un idioma, por estar impacientes al estreno de un nuevo capítulo de nuestra serie favorita o incluso por pases en festivales. Sin embargo, hay que ser conscientes de lo que está bien y de lo que está mal. Sorprende ver cómo a la gente «se le llena la boca» rechazando las versiones dobladas, creyendo mostrar una imagen más culta y sabia de su persona. Lamentándolo, siento decirte que simplemente eres gilipollas  idiota.

Además, si por algo destaca el doblaje en castellano es por su riqueza. Países como Suecia deciden proyectar en sus cines las versiones con el audio original complementada con subtítulos en sueco debido a dos razones: la poca relevancia de su idioma (con respecto a otros como el inglés, el francés o el español) y la escasez de actores de doblaje existentes en ese país. Tan solo son dobladas las series infantiles y alguna que otra cinta, pero nada en comparación con países como Francia o España. En nuestro país tenemos una cantidad enorme de actores capaces de igualar el producto original y que, si se cuenta con una buena traducción de los diálogos originales, seremos incapaces de notar diferencia alguna.

«Es que en la versión doblada no soy capaz de apreciar la interpretación de un actor» es una de las excusas más frecuentes para esta agrupación de personas. Existe la regla-no-escrita de que una interpretación se valora en un 50% por la voz y en otro 50% por la gesticulación. Nos encontramos en la misma situación tanto para los amantes del doblaje como para los que apoyan las versiones subtituladas, dado a que ninguno será capaz de apreciar al 100% el trabajo realizado por el actor.

Saber apreciar el doblaje de una cinta supone la experiencia cinematográfica íntegra. La observación de cada plano, cada corte y cada detalle. Personalmente, sería incapaz de disfrutar una película como «La Gran Apuesta» debido a la enorme cantidad de tecnicismos económicos que usa en su guión. Para estar dos horas leyendo, prefiero comprarme un libro. La sensación y empatía que uno es capaz de alcanzar viendo una película bien doblada es superior a la de ver una versión subtitulada, le pese a quien le pese.

En conclusión, bajemos los pies a la tierra, no queramos ser tan modernos-alternativos y no pensemos que por tener un B2 en alguna lengua podemos entender una película a la perfección. Los detalles se escapan y puede que estos sean los que hagan de una película una obra maestra.